lunes, 29 de enero de 2018

FRACASO

¡Hola mis libro adictos! Hoy vengo con una entrada diferente que probablemente no os interesará en absoluto, pero que yo necesito escribir y compartir. Una entrada que habla de mí, pero que, quién sabe, igual también hable de ti. De tus miedos y de tus temores. Pero también de tus ganas por seguir, o de la ausencia de ellas. No sé, sigue leyendo para descubrirlo.



La semana pasada fue una semana muy complicada para mí. Y es que,a mi ya de por sí caótica rutina, se le sumaron dos rechazos editoriales que dolieron mucho más de lo que me había propuesto. Y eso que cuando decidí dejar que mi primer proyecto literario levantara el vuelo y conociese mundo, me pasé días repitiéndome a mí misma que no dejaría que un "no" me hiciera daño. Que la vida era así, y que ya era lo suficientemente mayor como para soportar el fracaso y el rechazo. 

Pues bien, como todo en esta vida, la teoría siempre es mucho más sencilla que la práctica. Y cuando ese e-mail de «manuscrito rechazado» llegó a mi cuenta de correo, todo lo que me había dicho, exigido e impuesto a mí misma se fue por el desagüe sin necesidad de tirar por la cadena. Como cuando quitas el tapón de la bañera y el agua discurre rauda por el sumidero formando un pequeño remolino entorno a él. Como si alguien hubiese tirado de una imaginaria alfombra bajo mis pies sin previo aviso. Como un maldito puñetazo en pleno estómago que me dejó sin aliento un par de segundos. No sé. Fue como un dolor sordo y a la vez muy agudo que me traspasó el pecho y se me asentó en el estómago. Me sudaban las manos, el corazón me latía rápido y un millón de lágrimas se me arremolinaron en los ojos pidiendo permiso para salir.

Era un cuadro del jodido Picasso, en medio del trabajo y a punto de llorar. Y, os juro, que en el fondo de mí podía oír el susurro de una vocecilla amable que no dejaba de repetir que debía calmarme. Que esto era algo que estaba previsto y que nos habíamos comprometido a que no dejaríamos que nos afectase. Que no significaba nada. 

Lástima que en ese momento no fuese capaz de potenciar ese débil murmullo hasta hacerlo gritar por encima de todos los demonios que empezaban a asolar mi cabeza. Miedos y temores pasados resurgían del hondo rincón dónde los había escondido hace años gritándome en la cara todo aquello que odiaba que me dijeran. 
«No vales para esto», «Nada de lo que escribes es bueno», «Nadie querrá leer jamás algo que tú
hayas escrito», «Nunca serás buena en nada»... Un montón de frases tan imaginarias como reales que mi mente nunca supo desechar como realmente debería hacerlo. Por eso las encerró en ese lugar oscuro de nuestro subconsciente al que nunca queremos acceder pero que visitamos mucho más a menudo de lo perfectamente recomendable. Y yo, en ese momento, no es que lo hubiera visitado, es que me había trasladado a vivir allí, con la maleta, el saco de dormir y la tienda de campaña a cuestas. Vamos que había sucumbido a mis miedos de una forma brutalmente dañina en décimas de segundo. 

Así que me hundí, como era de esperar. Por mi cabeza empezaron a pasarse un millón de cosas absurdas y dañinas que tardé poco en hacerlas mi realidad. Me flagelé, me torturé, me hundí. Y como es lógico, me rompí un poquito en el proceso. 
Esa tarde me la pasé entera llorando a mares, viendo Anatomía de Grey y poniéndome ciega de helado de vainilla. Mis lectoras cero y mi chico me ayudaron mucho a sobrellevarlo a pesar de que no no estaba muy segura de la veracidad de sus afirmaciones a cerca de que todo iba a salir bien. En mi enajenación propia unicamente cabía una sola palabra: FRACASO. En mayúsculas y en letras de de neón. Y lo mirase por donde lo mirase, era imposible salir del bucle en el que me había sumido.

Sin embargo, y sorprendentemente, el día siguiente amaneció con un poco más de claridad. Me levanté más animada y un poco más segura mí misma. Como si parte de mis miedos me hubiesen dado una tregua que me alegraba y asustaba a partes iguales. De todas formas, lo tomé como una señal de mí yo interior que trataba de gritarme que la vida seguía y que yo debía seguir también. Así que lo hice. Me repuse, sonreí y me dije a mí misma que solo era un rechazo. Que quedaban muchas más editoriales y que todo iba a salir bien. Y me lo creí. 
Hasta que, dos días después, un nuevo rechazo acabó de socabarme por completo en una asquerosa y degradante autocompasión  que ni yo misma podía soportar. Mi escasa autoestima se fue por el sumidero y mis malditos demonios empezaron a gritar en mi cabeza mucho más fuerte y de una forma mucho más brutal. Eran duros, salvajes y devastadores y yo no era capaz de hacerlos callar. 
Hasta que recordé algo. Algo que había leído y que había calado en mí. Algo que a priori no tenia mucho que ver con la situación actual pero que a mí me hizo darme cuenta de muchas cosas. 

Por eso mi mente volvió a la historia de Ariel en Diario de una Sirena de Rachel Bels. Una historia que yo he vivido en carne propia y que ha sido alimento de mis demonios durante casi una década. Una historia que incluso me atrevería a decir que fue exactamente la que dio vida a mis miedos y temores creándome una inseguridad brutal con todo aquello que sale de mí.  Os lo digo, nunca he tenido amor propio. Mi autoexigencia innata siempre se lo come con patatas antes del que el pobre tenga oportunidad de salir a la luz. Y es un problema serio cuando dejas que autoexigencia y autoestima baja se hagan amigos. Por que su relación es tóxica. Y eso también convierte en tóxica a una parte de ti. 

Por que exigirse mucho a uno mismo nunca debería estar reñido con querernos a uno mismo. Deberían ser amigos y compañeros que se ayudaran entre sí y se complementaran para hacernos mejores. Mejores personas, mejores amigos, mejores trabajadores y, en mi caso, mejor escritora. Yo lo único que consigo cuando esos dos se juntan es boicotearme y dejar de quererme a mí misma en aras de la autoexigencia. Por eso me acordé de Ariel, porque a pesar de que en este caso las historias son distintas, el resultado es similar. Ella no era capaz de ver lo especial y preciosa que era, yo no soy capaz de ver que puedo ser buena escritora y que lo que escribo no es una mierda. Por que es mi trabajo, y por que lo he luchado hasta la extenuación.
Y no seré la mejor escritora del mundo, quizá nadie quiera publicarme y es posible que nunca venda más de mil libros, pero es mi esfuerzo, mis ganas y mi lucha las que están en esa novela. Y, solo con que una persona me lea, y le guste tendré más que suficiente. 

Y qué coño, que si una editorial no quiere publicarme no pasa nada. La autopublicación está ahí y es una opción. Así que, he decidido dejar de flagelarme. Me he secado las lágrimas, he desterrado a mis malditos demonios al oscuro rincón que les corresponde y he seguido adelante. Lo que tenga que ser será y yo lo recibiré con los brazos abiertos. Voy a ser fuerte y esta vez lo haré de verdad. Prometido. 


«EL FRACASO SOLO EXISTE CUANDO DEJAS DE INTENTARLO POR MIEDO A SUFRIRLO»

PD. Muchísimas gracia a Ro de Leer por placer, a Sansa de Al cerrar un libro y a Lorena Pacheco, autora de Mierda en mis zapatos y Mierda en mis zapatillas por su apoyo incondicional , siempre y por animarme aun cuando era imposible hacerlo. A mi chico, por tener la paciencia de un santo y recorrerse medio Lugo en busca de mi helado de vainilla favorito y a vosotros que sé que me leéis y apoyáis siempre. Os quiero a todos ♥

PD: Y gracias a Rachel Bels por escribir una historia que aun después de terminarla me sigue inspirando y dando fuerza para seguir luchando. 


Nos vemos en la próxima