viernes, 16 de septiembre de 2016

Mi novela por fascículos - CAPÍTULO 7

¡Holaaaa! Ya estoy de vuelta con otro capítulo de mi novela. Me ha costado, lo sé. Pero tened piedad por dios, cuando las musas se van no hay forma de hacer que vuelvan. Ellas son espíritus libres. Pero al final siempre regresan. Así que aquí estoy. Espero de veras que os guste. ¡Vamos!




Hoy ha sido el domingo menos productivo de toda mi vida. Y eso que nunca me he caracterizado demasiado por aprovechar a fondo el último día de la semana. Pero hoy definitivamente me he lucido. Me he despertado alrededor de la una del mediodía y desde entonces el máximo esfuerzo que he hecho ha sido moverme de la cama al sofá y pedir comida china al restaurante que hay justo debajo de mi casa. Y sí, he dicho pedir. Porque ni siquiera he tenido la decencia de bajar a por ella. La he encargado a domicilio. ¿Que? Estoy muerta, tengo resaca y anímicamente no es mí mejor día. Creo que me lo merezco ¿no?




Lo dicho que en todo el día no he dado ni golpe. La tarde se me ha ido volando entre malas películas de sobremesa y helado de vainilla en ingentes cantidades. Ni siquiera he sido capaz de contestar a los numerosos mensajes de Bibi y Lara preguntándome que tal me encuentro. Porque, aunque trato de convencerme a mí misma de que su interés se basa en como llevo la resaca, en el fondo sé que lo que quieren saber es hasta qué punto me ha afectado mi reencuentro con Hugo. Y ¡joder!, yo no quiero averiguar ese dato. Me aterra descubrir que, a pesar de los años, verle me afecta. Que todo este tiempo he estado bien, solo por el echo de haber vivido en un continuo y autoimpuesto: “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Pero ayer mis ojos volvieron a ver. Y mis oídos a oír. Y por un segundo, creo que hasta mi cordura se ha vuelto a perder en esas verdes praderas que son sus ojos. Nueve años. Nueve años sin verle, sin mirarle y casi sin recordarle. Nueve años en los que he intentado por todos los medios recomponer cada una de las partes de mi ser que cayeron aquel verano. ¡Maldito verano de 2007 y todos los meses que vinieron después! ¡Maldito Hugo Peñas! Y ¡Maldita yo con 17 años! La de veces que me había jactado a esa edad de saberlo todo. Y la hostia tremenda que me di con la puta pared cuando por fin la vi. Y tardé demasiado en hacerlo. Hasta que ya no había más maneras de negar que estaba allí. Demasiado tarde para mí. Demasiado pronto para él.

En fin, se acabó. No más Hugo, no más praderas verdes y no más autocompasión. De la Ariadna Robles de los 17 años ya no queda nada. Solo su rubia cabellera, sus ojazos azules y su sonrisa perenne. El resto lo encerré hace tiempo en la parte más recóndita de mi cerebro con una valla electrificada a su alrededor y un cartel gigante que dice “Cuidado, la dueña muerde”. Y con la de sudor, lágrimas y tequila que me costó hacerlo, no pienso sacarlo de allí jamás. Ya venga Leonardo Di Caprio o el puto Brad Pitt en taparrabos. Bueno…con Brad Pitt me lo pienso.

Lo dicho, que me he pasado todo el domingo haciendo la segunda cosa que mejor se me da: vegetar. Y digo lo segundo, porque, aunque no os lo creáis lo que mejor hago en el mundo es mi trabajo. ¿Qué a que me dedico? Pues desde hace algo más de dos años soy la responsable de marketing de una de las mejores empresas de publicidad de Barcelona. Empecé allí justo después de la universidad con una beca de prácticas y desde entonces mi carrera no ha dejado de crecer. A día de hoy estoy sólo a un peldaño de ser la jefa absoluta de mi departamento. El sueño de toda mi vida. Aunque me temo que nunca podré alcanzarlo. No en esta empresa, al menos. Mi jefa inmediata se agarra al cargo con uñas y dientes. Y no parece predispuesta a soltarlo en un largo período de tiempo. Aun así, de momento me va muy bien. Mis proyectos salen adelante y tengo un sueldo fijo del que no puedo quejarme. Es más a pesar de mi domingo sabático, mañana debo presentar mi último encargo ante mis jefes y el cliente. La presentación esta lista desde hace dos días, y aunque no la he vuelto a mirar desde entonces, confío cien por cien en mi instinto a la hora de presentar mis trabajos. Aunque ahora mismo mi mente esté en otra parte pensando en verde.



Cuando mi despertador suena el lunes a las 8 de la mañana estoy tan cansada que creo que aún me dura la resaca. Aunque no tengo claro si es la del alcohol o la emocional. Sea como fuere, no me permito dudar ni dos segundos en la cama. Me doy una ducha calentita y rebusco en mi armario hasta encontrar que ponerme. Al final me decido por un vestido gris con rayas blancas de corte a la cintura y caída hasta la rodilla. Lo acompaño de mis botines negros de cuña y una cola alta con aspecto desenfadado. Corrector, un poco de rímel y ya estoy lista para comerme el mundo, los clientes y, si tengo tiempo, un delicioso bollo de canela. Que sí, que sí, ¡guerra a las grasas trans! pero hoy lo necesito.

Para mi sorpresa, y la de Alicia, mi jefa, llego a la oficina con más de diez minutos de antelación. Y digo sorpresa porque la edad habrá pasado por mis arruguitas de expresión y mi proyecto de patas de gallo, pero no por mi impuntualidad. Aunque en mi defensa diré, que con el tiempo he ido mejorando…más o menos. En fin, que como me sobra tiempo decido irme a la sala de personal a por ese bollito que tanto me pide el cuerpo. En cuanto entro me encuentro con Yanira, de espaldas a la puerta tomándose el café y ojeando concentrada su teléfono. Con sigilo me acerco a hurtadillas y cuando estoy justo detrás le grito en la oreja poniendo la voz más grave que soy capaz:

-¡Señorita Pons, póngase a trabajar!

Del susto se le cae el teléfono al suelo y apunto está de derramarse el café por encima. Sin darse la vuelta se agacha a recogerlo mientras farfulla atropelladamente. Se gira visiblemente nerviosa y cuando me ve, por un momento pienso que me va tirar el café a la cara. Tampoco la culparía, pobrecilla.

-¡Joder Ari! ¿Te has propuesto matarme de un infarto? Que aún me queda mucho que chuscar antes, nena.

Ea pues ya se ha presentado. Esa frase ha sido Yanira en estado puro. La primera vez que quedé con ella fuera del trabajo y se mostró de verdad tal y como era, no supe si reírme o lavarle la boca con jabón de Lagarto. Es malhablada, bruta y está como un cencerro. Pero es la persona más sincera y auténtica que conozco. Ella lleva más de 5 años trabajando en la empresa como responsable de administración, tiene 35 años y, cito textualmente: “las tetas más grandes que dos melones de Villaconejo”. Y no miente. Lo son.

-¿Qué haces aquí tan pronto? ¿Te has caído de la cama? – pregunta divertida mientras se asegura de que no le ha pasado nada al móvil.

-¿Qué pasa una mujer no puede llegar temprano a su puesto de trabajo? – contraataco haciéndome la ofendida.

-Tú, no. ¿Qué ha pasado? ¿Se acaba el mundo? Mierda, y yo con estos pelos.

- Noooo. Es solo que tengo una presentación a las 10 y he venido pronto – respondo con total indiferencia.

-Ya y yo llevo dos semanas sin tirarme a nadie. Venga Ari que cuando tú vas yo vengo de allí.

-Vale, Chenoa. Pero enserio que no me pasa nada. Aunque si me invitas a comer yo me invento una historia cojonuda y te la cuento – digo mientras me acerco a la encimera y cojo uno de esos riquísimos bollitos de canela que solo dios sabe de dónde salen cada mañana.

Yanira es mi amiga y le confiaría hasta mi vida. Pero no quiero hablar de Hugo y mucho menos recordar nuestra historia con 17 años. Aquello hizo de mi lo que soy ahora pero no quiero recordar el proceso previo hasta llegar aquí. Lo mío me ha costado olvidarme de todo ello y de la persona que lo provocó. Así que por lo que a mí respecta Hugo Peñas sigue tan muerto y enterrado como lo estaba hasta el sábado.

Mientras me como el bollito pienso que, si me dejasen, podría pasarme horas zampándome la caja entera, pero antes siquiera de que me acabe el primero:

-¡Señorita Pons! ¡Señorita Robles! ¿Acaso les pago por pasarse el día aquí cotilleando como dos marujas? – grita nuestro jefe, el señor Ramírez, desde el umbral de la puerta.

¡Joder! Del susto me atraganto con el bollo y no puedo más que empezar a toser como si fuese a necesitar un boca a boca de un momento a otro. Yanira sin embargo apenas puede disimular la risa mientras me da ligeros golpecitos en la espalda. Cuando somos capaces de recobrar nuestra profesionalidad, ambas salimos de la sala riéndonos por lo bajini.



La reunión con los clientes no podría haber ido mejor. Mis ideas les han encantado y quieren poner el proyecto en marcha cuanto antes. Así que a la hora de la comida cuando me reúno con Yanira en La Traviata (un restaurante italiano que hay justo enfrente de la oficina) estoy como loca de contenta. Comemos entre cotilleos y burradas y a las tres de la tarde ya estoy tras la mesa de mi despacho esperando a que arranque el ordenador. Aunque hoy no tenga demasiado que hacer. Poner al día mis correos, dar luz verde para que se inicie el proyecto que se ha aceptado esta mañana y elaborar dos planes de marketing online para dos de nuestros clientes habituales. Pan comido. Tres horas más tarde, lo tengo todo listo y enviado a Alicia para que le dé el visto bueno cuando suena el teléfono. Es la línea interna.

-Ariadna Robles ¿dígame? – respondo de forma profesional.

-Ariadna, soy Alicia. Necesito que atiendas hoy a un nuevo cliente. Se trata de un par de viejos bares de copas que acaban de modernizar y que necesitan un empujoncito en su nuevo despegue. Algo sencillo, pero que necesitamos conseguir. ¿Puedes encargarte?

-Claro. ¿A qué hora me reúno con los dueños? – respondo abriendo mi agenda por el día de hoy.

-Estarán en tu despacho en una hora. Aún no sabemos que quieren exactamente, pero creo que podrías ir preparando un poco la parte online. Del marketing directo y del merchandising nos encargaremos cuando lo tengamos todo claro.

-Perfecto. Me pongo a ello Alicia.

-Gracias Ariadna. Adiós – y cuelga.

“Es más seca que la Mojama la tía” pienso mientras cuelgo el teléfono y empiezo a documentarme sobre el tipo de marketing online que solemos hacer con los bares de copas. La verdad es que no hemos publicitado a demasiados negocios de ese sector, por lo que ahora entiendo porque Alicia dice que necesitamos que quieran contratarnos. Unos diez minutos antes de la cita, ya tengo toda la información necesaria para poder enseñarles una mínima parte de lo que podemos hacer por ellos. Lo estoy imprimiendo y ordenando, cuando llaman a la puerta.

-Adelante – digo mientras me siento tras el escritorio.

-Ari, tu cita de las siete ha llegado. ¿Le hago pasar? – me pregunta Cristina, mi secretaria, desde la puerta. ¿Ah que no os lo había dicho? Pues sí, tengo secretaria. Bueno no es solo mía, la comparto con los otros cuatro despachos de la planta, pero eso es lo de menos.

-Sí, dile que pase.

Me pongo de pie, me aliso el vestido y me paso un mechón de pelo suelto tras la oreja. Entonces oigo que Cristina hace pasar a mi cliente.

-Adelante señor Peñas ya puede pasar.

“¿Peñas?” No, no por favor, no puede ser…




Bueno, pues hasta aquí. Espero que os haya gustado. Dejadme vuestras opiniones en el los comentarios y si estáis enganchados a esta historia no dejéis de darle bombo en vuestras redes.

Besazos Libro Adictos;)