domingo, 25 de septiembre de 2016

Mi novela por fascículos - CAPÍTULO 8

¡Holiita! Me alegra mucho poder traeros una semana más un nuevo capítulo de mi proyecto de novela, que cada vez es menos proyecto y más novela, cosa que me pone muy contenta. Esto va cogiendo forma y eso me encanta. Hoy también quiero agradecer su siempre inestimable ayuda, siendo mi lectora cero a Sansa de Al cerrar un Libro. Sus consejos son un punto de apoyo muy importante. ¡Vamos allá!



Levanto la vista de mi vestido sobresaltada a tiempo de ver como Hugo, en toda su envergadura y masculinidad, entra en mi despacho haciendo que todo el aire que hay aquí dentro desaparezca. Su vientre plano, su torso fuerte y sus preciosos ojos verdes me roban hasta la última molécula de oxígeno que tengo en el cuerpo dejándome al borde del colapso mental. Él, sin embargo, y a pesar de no poder disimular su sorpresa, sonríe encantador mientras clava su mirada en la mía. Aunque quisiera, no podría controlar el escalofrío que recorre cada centímetro de mi columna vertebral.


En ese momento quiero correr. Correr muy rápido y no parar hasta que me dé de bruces con la maldita Torre Eifel. Es más, por un segundo estoy tentada de hacerlo. Pero me importa demasiado mi trabajo para arriesgarme a perderlo. Bueno, eso y que, en un repaso mental, me he dado cuenta de que mis ahorros no me durarían ni un año. «Tengo que dejar de comprarme zapatos» pienso. Tras dos segundos en el que ninguno de los dos se atreve a moverse, mi cerebro vuelve y conecta el modo profesional.

—Buenas tardes, señor Peñas. Tome asiento por favor – digo mientras le indico con un gesto de la mano la silla que hay enfrente de mi mesa. Aunque lo profesional hubiese sido tenderle la mano para saludarlo, me niego a tocarle y que eso acabe con mi escasa y fingida determinación.

—Ari…

—Soy Ariadna Robles. La subdirectora de marketing. Desde Bruma Publicidad le agradecemos de antemano haber pensado en nosotros – le corto mientras me siento en mi sillón. Él tarda un par de segundos en reaccionar hasta que decide sentarse donde le he indicado. – ¿Había pensado en algo en concreto para la publicidad de sus locales?

Hugo me mira descolocado y yo no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Mi cerebro va por libre y ha tomado las riendas. Soy consciente de que es absurdo que me comporte con él como si fuésemos dos auténticos desconocidos. No lo somos y nunca podremos serlo por más que yo me empeñe en negar que existe. Porque lo hace. Y está en mi despacho mirándome fijamente tratando de averiguar si es que en estos nueve años se me ha ido la cabeza del todo.

—Ari, esto no… — dice al fin

—Señor Peñas, por favor. Hagamos esto fácil. Usted me dice que es lo que busca para sus negocios y yo le presento mis ideas. Cuanto antes nos pongamos de acuerdo, antes acabaremos con esto.

Todo esto lo he dicho mirándolo directamente a los ojos. Por propia experiencia sé que es la única manera posible de que consiga lo que quiero. Aunque no siempre funciona y eso es algo que aprendí a las bravas. Hugo aguanta mi mirada, hasta que al final parece darse por vencido. Suspira y un segundo después empieza a hablar.

—He adquirido hace tiempo dos locales de copas en el centro de la ciudad. Hasta ahora han ido bien, pero a medida que los lugares de alrededor crecen nosotros nos quedamos estancados. Y aunque los hemos modernizado y reformado seguimos sin aumentar nuestra clientela. Por eso creo que lo que necesitamos es una mejor publicidad. Darnos a conocer de una forma original y personal.

Hugo habla con tono firme y serio. Por lo que soy consciente de que tiene muy claro lo que quiere hacer con sus negocios. Bien, espero que esto sea rápido e indoloro.

—¿Estaríamos hablando de publicidad integral? Es decir: ¿marketing directo, online y merchandising?– pregunto mientras empiezo a anotar cosas en el dosier que he impreso antes.

—Si. Para los dos locales.

—Bien. ¿Podría decirme qué características tiene cada uno de ellos? ¿Estilo de decoración, ambiente, tipo de música…? – ya lo sé, uno de ellos me lo conozco, pero ya he dicho que mi cerebro está en modo profesional.

—Uno de ellos tiene aspecto modernista, con ambiente y música house. El otro es de decoración clásica ambientado en la música rock española: Extremoduro, Platero y Tú…

Al oír el nombre de mis dos grupos favoritos, levanto la vista del papel en el que estoy escribiendo y la clavo en la suya. Por cómo me mira sé que los ejemplos no son al azar. Lo ha dicho para hacerme ver que no puedo actuar como si fuese un extraño al que acabo de conocer, porque probablemente sea una de las personas que mejor me conozcan del mundo. Y eso no hace otra cosa que enfurecerme y conseguir que esté a punto de salirme de mi papel de alta y eficiente ejecutiva. Me recompongo enseguida y tras decirle que nos reuniremos en un par de semanas para presentarle mis ideas, doy por finalizada la reunión. Me levanto y de la forma más profesional de la que soy capaz le tiendo mi mano para que entienda que tiene que irse ya. Un rocecillo no me matará ¿no? Sin embargo, él ni la mira y levantándose con extremada lentitud, apoya las manos en el escritorio y se encorva hacia delante.

—Ari, no tienes por qué seguir haciendo esto. Yo te conozco, tú me conoces, mejor que nadie diría yo. Así que déjalo ya, ¿quieres?

¿Qué? ¿Está de coña no? No puede ser que tenga la cara dura de tratarme con semejante condescendencia. Sino fuera porque estoy en mi lugar de trabajo de buena gana le enseñaba todo lo que estos meses Raúl me ha enseñado en mis clases de Kick Boxing. De hecho, en este momento nada me haría más feliz de que patear su bonito y engreído trasero de gilipollas. Pero he de ser fría. Si lo hago le demostraré que me afecta que haya aparecido de nuevo y además me quedaré sin trabajo. Así que retomo mi careta de seriedad y respondo:

—Lo siento señor Peñas pero estoy segura de que no le conozco en absoluto. Es más, creo que tiene tantas caras ocultas que ni usted mismo se reconoce en el espejo. Así que, si hace el favor, la reunión ha terminado y yo tengo trabajo que atender.

En cuanto termino, me siento de nuevo en mi sillón y empiezo a mover los papeles de mi mesa de un lado a otro. No los leo, no los entiendo y ni siquiera los veo. Pero cualquier cosa es mejor que dejar que mi seguridad se pierda en el jodido verde de sus ojos. Hugo se levanta y camina lentamente hasta la puerta. Agarra el pomo y lo gira abriéndola un poco. Y cuando creo que por fin podré relajarme y respirar suelta:

—Sé lo que pasó Ari. Sé lo que hice y como acabó lo nuestro. Pero reencontrarme contigo ha sido la sorpresa más agradable de los últimos años. Tu puedes hacer como que no existo o como que nunca me has conocido. Pero yo te conozco. Siempre lo he hecho. Te veo en un par de semanas.

Y con la misma, sale del despacho dejándome a medio camino entre la sorpresa, el rencor y el miedo. Sorpresa porque no me esperaba que volviese a aparecer y mucho menos que me hablase así. Rencor por tener las narices de decirme que siempre me ha conocido y que ha sido bonito volver a verme. Y miedo porque ni puedo, ni quiero volver a pasar por lo que pasé hace nueve años. Porque él sigue siendo Hugo y yo Ari. Porque, aunque parece distinto no creo que en realidad lo sea. Y porque, joder, el pasado es pasado y allí se debe quedar.

Mierda, estoy sofocada, cabreada y confundida. Apresuradamente apago el ordenador recojo mis cosas y me encamino a la puerta. «Necesito urgentemente una sesión con Raúl»



Las dos horas que me paso golpeando el saco de boxeo ante la insistente y autoritaria voz de Raúl desaparecen en un suspiro. Cuando me dice que la clase se ha acabado a mi aún me quedan fuerzas para patear y pegar unas cuantas horas más. Y sí. Todos los golpes que he dado al saco en mi mente se los ha llevado Hugo. Su bonita cara, su trabajado torso, su culito prieto… Cada una de las jodidas partes de su anatomía han sido machacadas por mis puños de acero. Lástima que solo haya sido en mi cabeza.

—Ari, me ha encantado lo motivada que has estado en la clase de hoy. Si sigues así tendré que pedirle al jefe que nos cambie el saco en menos de un mes – me dice Raúl cuando estoy recogiendo mis cosas para irme.

Me quedo petrificada. Me resulta tan extraño que trate de mantener una conversación conmigo más allá de lo estrictamente profesional que no sé cómo reaccionar. En los dos meses que llevo en sus clases lo único que me ha dirigido son palabras de motivación y ánimo en plan sargento de la mili.

—Ya, bueno hay días en que una necesita descargar – digo terminando de cerrar mi mochila.

Cuando levanto la vista me fijo en su cara y parece como si en su cabeza se librase una batalla interna que no alcanzo a comprender. Como no sé qué decir decido caminar hasta la puerta y salir cuanto antes de este incómodo silencio. Cuando estoy a punto de marcharme le oigo susurrar a mis espaldas.

—Oye Ari, me preguntaba si te apetecería tomar algo conmigo. Hoy he acabado mi turno y…no sé. A lo mejor no tenías planes y te apetecía tomarte una cerveza.

¿Perdón? ¿Me está pidiendo salir? A ver no es que el chico esté mal, que ni de lejos. O sea, para que os hagáis una idea es un chulazo de metros ochenta, rubio, con unos ojazos color miel impresionantes y tan cuadrado como un armario ropero de 6 puertas. Joder, no es como los culturetas esos que viven de las proteínas, pero tampoco es que esté demasiado lejos. Lo que nunca me hubiese imaginado es que me invitaría a tomar algo. Lástima que hoy no sea el mejor día para hacerlo.

—Lo siento Raúl, pero hoy estoy un poco cansada. No ha sido un buen día en la oficina y… —a medida que voy hablando veo como su cara se convierte en una mueca de auténtica vergüenza y decepción – Pero podemos quedar otro día, si te apetece. – me apresuro a añadir.

—Claro. Me encantaría. Los lunes, miércoles y viernes salgo antes del curro. Ya me dirás cuando te viene bien. ¿Tienes mi número verdad? – pregunta emocionado

—Sí. Me lo diste cuando empecé por si no podía asistir a alguna sesión.

—Perfecto. Pues lo vamos hablando ¿te parece?

A ver, pero ¿desde cuándo este chico es tan mono y adorable? Desde luego con sus gritos a lo teniente O`Neall no lo parecía.

—Claro. Bueno tengo que irme. Nos vemos el miércoles. Adiós – me despido mientras salgo del aula en dirección a la salida.

Y no, no soy una cerda porque me voy sin ducharme. Es solo que el gimnasio está a solo cuatro edificios de distancia de mi casa. En la misma acera y todo. No tengo ni que cruzar la calle. Por lo que veo un poco tonto no aprovechar para relajarme en la intimidad de mi propio cuarto de baño. Y no rodeada de diez tías más en pelota picada.

Cuando llego a casa estoy tan cansada que, tras la ducha, mi cena no es más que un yogur a punto de caducar y una manzana verde. De postre una buena ración de helado de vainilla acompañada de ralladura de cabeza de buena calidad. Pero como no me apetece estar sola. Decido coger el bol y subir a compartirlo con mi mejor amiga. Bueno el helado y mis agobios personales. No todo va a ser dulce ¿no?

Toco al timbre y espero mientras meto la cuchara en la tarrina y luego me la llevo a la boca. Llevo unas pintas de loca que asustarían hasta al más pintado: pijama rosa de conejitos, zapatillas de vaca y el pelo mojado. Pero me importa una mierda, sobre todo cuando Bibi me abre y veo que su outfit no es mejor que el mío.

—Vienes a las once de la noche, en pijama y con un bol de helado de tres kilos ¿qué te ha pasado? – pregunta poniendo cara de hermana mayor nada más abrir la puerta.

—¿Tan evidente es? – respondo chupando la cuchara. Me extraña hasta que me haya entendido.

—Para los que te conocemos mejor de lo que te conoces tu misma, sí.

—He vuelto a ver a Hugo.

—Pasa anda – dice apartándose y dejándome entrar.

Entro y me dejo caer agotada en el sofá de cuero negro que hay en medio del salón. Su piso es exactamente igual que el mío. Solamente cambia la decoración. La mía es más clásica y tradicional. La suya es… más Bibi. Ostentosa, personal y auténtica.

—Venga desembucha. ¿Qué es eso de que has vuelto a ver a Hugo? – dice mientras se sienta a mi lado en el sofá y me quita la cuchara de la mano. La vuelve a meter en el helado y se la lleva a la boca levantado las cejas incitándome a hablar.

—Es mi cliente. Ha venido a la oficina para que le hagamos un plan de marketing. Resulta que es el dueño del garito ese que tanto te gusta y de otro más.

—¡Joder! Sí que le ha ido bien al cabrón ¿no? Dueño de al menos un exitoso bar de copas en el centro.

—Pues tan exitoso no será si ha venido a que le ayudemos con la promoción – respondo a la defensiva arrancándole la cuchara justo cuando iba a metérsela en la boca.

Y no tengo ni idea de por qué lo hago. Lo de ponerme a la defensiva digo, no lo de la cuchara. Eso es porque lo amargo con dulce se lleva mejor. Lo que pasa es que no tendría por qué molestarme que su vida le vaya bien. No es que yo no haya triunfado en lo mío. Me gusta mi trabajo, se me da bien y llevo una buena vida. Así que estoy segura de que no es envidia. Más bien creo que lo que me pasa es que, en algún lugar de mi corazón albergaba la esperanza de que, tras lo nuestro, todo le hubiera ido como el culo. Y qué si algún día nos reencontrábamos, él me pediría perdón de rodillas argumentando que si yo no estaba en su vida nada en ella podía funcionar.

Lo que es la mente humana ¿no? Con lo que todos presumimos de lo buenas personas que somos, y resulta que en el momento de la verdad nuestro Mr. Hyde desbanca a nuestro Jekyll y nos convertimos en otra persona. Una más ruin y despreciable que espera que a su ex las cosas le vayan mal solo por el hecho de no estar con ella. Pero eso no es todo. Porque resulta que los motivos por los que tenemos esos pensamientos no son el rencor, ni el odio. Que va. Los tenemos única y exclusivamente para poder demostrarle a ese capullo que su mayor error fue marcharse. Y hasta en algunos casos, esperamos que si todo le va mal él regrese a nosotros. Como si frotándonos la panza como a un jodido buda fuésemos a traerle la buena ventura.

Bibi me saca de mis cavilaciones.

—¿Y qué te ha dicho? ¿No habrá sido borde no? Porque sé donde trabaja – dice metiendo el dedo en la tarrina del helado.

—Aggg, no hagas eso tía. Es asqueroso – la regaño poniendo cara de asco. No me hace ni puto caso porque acaba de hundir tanto el dedo que creo que ha tocado el fondo.

—No me seas remilgada y habla de una vez. ¿Cómo fue el encuentro?

—Profesional. Tenso. Y una mierda bien grande y bien gorda. Como todo lo que tiene que ver con él, básicamente.

—Ari, eráis críos. Y ha pasado mucho tiempo. ¿No crees que deberías pasar página de una vez?

Por suerte para Bibi las miradas no matan, porque acabo de fulminarla ahora mismo con la mía.

—¿Estás de coña? Después de todo lo que me hizo y ¿quieres que pase página? Me jodió la vida Bibi o ¿es que ya no te acuerdas? – digo tan enfadada que hasta he dejado de comer helado.

—Claro que me acuerdo. Pero tienes que reconocer que solo eráis niños que jugaban a quererse. Y no digo que no le quisieras – dice acallándome cuando iba a protestar – Pero es que es imposible tener una relación madura a esa edad. El la cagó a lo grande y aunque tú le perdonaste, se fue sin dar explicaciones. Pero tenía 20 años, cielo, no podías pedirle mucho más. Y menos con los rollos chungos que se traía.

Me mira un segundo y al ver que no digo nada decide continuar.

—El tiempo pasa, Ari, para todos. Y aunque el pasado siempre estará ahí, nosotros decidimos con que partes queremos quedarnos. No dejes que lo que pasó hace nueve años te siga lastrando ahora. Se valiente y suelta de una vez por todas esa mochila de miedo y rencor que cargas desde hace tanto. Y no digo que lo olvides y le perdones. Solo que te perdones a ti misma y te permitas vivir plenamente de una vez.

Tras dos horas de atracón de helado y charlas filosóficas a lo Bibi. Regreso a casa pensando que quizás mi amiga, esa que tan bien me conoce y que mete todo el dedaco en el helado, tenga razón. Llevo demasiados años arrastrando un pasado que no hace otra cosa más que entorpecer mi camino hacia el futuro. Y creo que me merezco poder iniciar ese recorrido con la mochila vacía y con espacio suficiente para lo que venga. Pero ya se sabe que, como todo en esta vida, la teoría es mucho más sencilla que la práctica.

Bueno gente ¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? ¿Os apetece seguir sabiendo como evoluciona la historia de Ari y Hugo? Dejadme vuestros comentarios!

Un besazo Libro Adictos;)